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Cuestionar para transformar la sociedad racista, capitalista y patriarcal

Este 21 de marzo Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial nos preguntamos de que modo impacta en la vida de las mujeres, niñas, niños y disidencias sexuales padecer el racismo y ser parte de grupo poblacional que se ve mayormente afectado por la crisis social, producto de la pandemia, por la precarización laboral, por la violencia de género, la responsabilidad del cuidado y de las tareas domésticas.

El racismo, la pobreza, la falta de oportunidades y la violencia son elementos que no van por separado, sino que se entrecruzan y además se potencian. En el caso de las mujeres podemos ver la mayor expresión de esta devastadora desigualdad propia de esta sociedad capitalista, racista y patriarcal que estan marcados por el odio, la violencia y la desigualdad.

El 21 de marzo es el día internacional de la eliminación de la discriminación racial, declarado por la Asamblea General de la Naciones Unidas. El día conmemora la masacre de 69 personas que se manifestaban en Sharpeville, Sudáfrica contra la ley de pases del Apartheid que imponía restricciones a la circulación de personas no blancas. El apartheid fue eliminado gracias a la lucha de numerosas personas que lucharon contra la discriminación racial. Sin embargo, para que este sistema se haya sostenido fue fundamental la existencia de una estructura ideológica, política y material que aún persiste y de la que es necesario hablar para entender cómo impacta en la vida de las personas.

El racismo tiene un sustento ideológico; la supremacía blanca que considera que hay personas mejores, más deseables y aceptables que otras. Se fundamenta en la falsa afirmación de que hay razas y las confunden con las etnias o las características fenotípicas de las personas. La raza humana es sólo una, somos la especie humana. Lo que podemos afirmar es que existen procesos de racialización; son construcciones sociales que ubican a las personas en lugares tanto simbólicos como materiales de exclusión y marginación.

Un proceso fundamental para la construcción social de la racialización es el avance del imperialismo colonial sobre territorios que les eran desconocidos; que no dudaron en llamarse así mismos como descubridores de tierras y personas incivilizadas y salvajes.

La idea de una raza superior y de una supremacía blanca occidental se instala e impone credos, la lengua castellana, francesa o inglesa, el modo vincularse con la naturaleza y el ejercicio de la heterosexualidad. Esta supremacía tiene una imagen masculina. El poder es representado directamente por un hombre, blanco, con dinero, cristiano y heterosexual. En este ordenamiento jerárquico, todo lo opuesto al supremo masculino, en el último escalón quedan las mujeres, las niñas y niños y toda disidencia sexual, por supuesto, no racializada blanca. En la actualidad la lucha contra el racismo no debe enfrentarse a leyes como el apartheid. Hoy las leyes van dirigidas hacia otros objetivos pero sus sesgos denotan racismo. Hay numerosos ejemplos en el mundo, los que a su vez se suelen entremezclar con prácticas xenófobas.

En Argentina recientemente se derogó el DNU que pretendía deportar a migrantes por sospecha de delito de forma inmediata y sin juicio previo. El objetivo de atacar el delito, finalmente resultó ser un elemento de expulsión a migrantes fundamentalmente de países como Bolivia o Perú. El caso de una mujer peruana que fue expulsada, de forma violenta acusada de un delito menor. No se consideró que tenía hijos de nacionalidad argentina a su cargo, que era una trabajadora, que había estudiado enfermería.

La injusticia que padeció Reina Maraz Bejarano al ser juzgada por un delito en el cual no pudo defenderse porque no hablaba castellano, sino su lengua madre el quechua.

Leyes migratorias que permiten el ingreso de determinadas nacionalidades y de otras no. En cuanto al acceso educativo y laboral no es muy complejo identificar la segregación racial que existe para determinados trabajos o quienes acceden a mayores niveles educativos. Cada lugar en la sociedad está habitada según las características étnicas y/o fenotípicas de las personas.

No hay empresarios marrones, indígenas y/o ascendencia originaria. En oposición ocurre lo contrario en las cárceles, villas o asentamientos, en el empleo precarizado.

¿Acaso hay personas con mayor tendencia a delinquir? ¿O con más tendencia a estudiar o trabajar de forma precarizada?

¿De dónde son las mujeres que realizan el trabajo doméstico en casas particulares? ¿Y por qué siempre son representadas de la misma forma: pobres, marrones, con ascendencia índigena, migrante, callada, algo tristes? Es el estigma que cargan las personas que no son la imagen de la supremacía blanca. No son consideradas nunca en lugares que no sean los asignados. Sin dudas en este ordenamiento son las identidades feminizadas las que cargan con las mayores dificultades y las que llevan sobre sus cuerpos las mayores violencias que se intersectan con su pertenencia étnica, su estatus económico y con su género.

Cuando las personas no blancas ascienden socialmente, cuentan con una formación profesional, se muestran referentes en ámbitos como el arte, el cine, la poesía y la política. Sí ocupan esos lugares son cuestionadas, son puestas en duda y se convierten en objeto de sospecha. El hecho, al parecer, es que esos lugares no son los merecidos para personas que no pertenecen a la hegemonía y por ello no deben ser parte de los privilegios de la blanquitud.

La lucha contra el racismo es contra la violencia sobre los cuerpos no hegemónicos, los cuerpos precarizados, marginados, los no deseables. Es una lucha por los derechos y la igualdad. El impacto del racismo en la vida de las personas debe leerse en clave histórica, por sobre todo en el avance colonial que consolidó la dominación de las naciones blancas sobre personas de etnias originarias, sobre cuerpos indígenas, marrones o afros. El racismo consiste en perpetuar este orden, donde se supone la existencia de una superioridad por pertenecer a un grupo poblacional, con derecho a avanzar y arrasar territorios. El racismo es el ejercicio del poder a nivel estructural y que responde a intereses políticos y económicos. Un mecanismo que no puede ir separado del ni del capitalismo, ni del patriarcado para ser entendido y asi posible de cuestionar y también transformar, para poder avanzar en una efectiva eliminación de la discriminación racial.





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Nuestra unión es un acto de rebeldía latente

Nos hacemos piecito. Crecemos juntas. Disfrutamos, nos movemos y pensamos en red. En el Mes de las Mujer(es), Fundación Mediapila nos invita a activar y unir fuerzas para crear mejores oportunidades para (y entre) todas.

Históricamente, juntas siempre fuimos más fuertes. Nuestra hermandad conlleva desde sus inicios la lucha pujante por vivir unidas y libres. Desde las pioneras en el reclamo por el derecho a la educación, el primer Congreso Internacional Feminista, los Encuentros Nacionales de Mujeres que crecen año tras año, al “Mirá como nos ponemos” y al grito actual del Ni Una Menos, todas las conquistas de las mujeres tuvieron un factor común: la unión de voces diversas, expectantes por una sociedad más justa.

Pero hoy, ¿cómo nos unimos unas a otras? ¿Podemos decir que es más fácil que antes? Como siempre, tenemos pros y contras propios de nuestro tiempo. Por un lado, a medida que pasa la tecnología avanza, el movimiento por nuestros derechos crece, y las palabras a su alrededor cobran nuevos significados. Entonces, las alianzas entre mujeres parecen condicionarse cada vez más por si una se siente parte de la lucha, o si esta misma la “representa”.

A su vez, nuestras redes tampoco nacen de un repollo. Se eligen, trabajan y mutan en el tiempo. Como dice Marou Rivero, “La hermandad es poderosa y se construye concienzudamente cuando se elige escuchar y apoyar a otras que vienen de otras familias, de otros pueblos y ciudades, de otras religiones, de otras preferencias sexuales.”

La buena noticia es que, aunque unirnos sea una decisión, también es quizás, nuestra costumbre más valiosa. En un mundo que todavía nos inculca la individualidad a cualquier costo, nuestra unión es un acto de rebeldía latente. Y un desafío constante. Vivir en red implica animarse a abrazar la diversidad y la vulnerabilidad, propia y ajena. Hoy, unirnos implica evitar a toda costa el estereotipo. Nos obliga a predisponer una escucha y una respuesta empática, guiada por el cariño, que nos obligue a salir del simple “yo haría” o el “a mi me parece que”. Y, aunque a veces suene y se sienta difícil, todas nacemos con esa costumbre dormida.

Porque, ¿quién no conoce un lugar, una mujer, que nos haya ayudado a despertarla? ¿Alguien que se esfuerce todos los días para que los derechos de unas sean de todas? Mediapila es ese lugar para mí, y para las mujeres que lo visitan. La unidad puede vivirse en cada uno de sus rincones: desde los abrazos en la puerta, las meriendas compartidas en el salón común y las risas de la oficina, hasta el sonido de las máquinas funcionando a la par y el eco de los consejos de las profes en el taller. Desde que lo conocí, sentí una atmósfera de cuidado mutuo, de resiliencia, empatía y sobre todo de ganas, muchas ganas, de crecer en red.

Por eso, qué mejor oportunidad que este Mes de las Mujer(es), para apoyarnos, entre hermanas, amigas, compañeras, abuelas, madres e hijas. Qué mejor chance para hacernos piecito hacia nuestros sueños. Y quién dice, ayudar a que más mujeres impulsen, unidas, un mundo mejor para todas.



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