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Opinión

El primer trabajo: obstáculos y desafíos de la inserción laboral de las y los jóvenes

En todo el mundo, las y los jóvenes se preocupan por el futuro y por cuál será su lugar en el mercado laboral, en un escenario de rápidas y grandes transformaciones, afectado a su vez por el contexto de la pandemia.

¿Cómo es la situación global del empleo juvenil? Por un lado, el número de jóvenes que no trabajan ni estudian o reciben formación, a quienes identificamos como “nini”, se mantiene en alza. También en esta variable se observan brechas y desigualdades de género: las mujeres jóvenes tienen más del doble de probabilidades de verse afectadas que los hombres.

A su vez, debido a la automatización, las y los jóvenes (de entre 15 y 24 años) empleados están expuestos a un mayor riesgo de pérdida de empleo que en el caso de las personas de mayor edad. En este aspecto, la OIT insta a revisar y modernizar los programas de formación profesional a tono con la evolución de los requisitos de la economía digital.

Por otra parte, una encuesta mundial sobre el impacto de la pandemia de la COVID-19 en la juventud, llevada a cabo por los socios de la Iniciativa Mundial sobre Empleo Decente para los Jóvenes entre abril y mayo de 2020, revela que el efecto de esta crisis es sistemático, profundo y desproporcionado. Ese impacto, una vez más, es particularmente duro para las mujeres jóvenes, los jóvenes de menor edad y quienes viven en países de ingresos más bajos.

El estudio Coyuntura laboral en América Latina y el Caribe, realizado por la OIT y CEPAL, destacó la significativa destrucción de empleos con respecto al mismo período de 2019, que afectó a las y los jóvenes en mayor medida.

También observó una reducción significativa de la tasa de ocupación media, como consecuencia de la contracción de la actividad productiva y aumento de la desocupación, que resultó más del doble de los otros grupos etarios, de acuerdo con los datos del INDEC para marzo de este año: para mujeres entre 14-29 años fue del 26 por ciento y para jóvenes de la misma franja fue de 19 por ciento.

El mismo estudio señaló una declinación paralela de la tasa de participación por las medidas del confinamiento y, en consecuencia, la fuerte transición del empleo a la inactividad. En buena medida, esto se debe a que las y los jóvenes están más presentes en las actividades más afectadas por la crisis de la pandemia.

En cuanto a la educación, 7 de cada 10 jóvenes que estudiaban o combinaban sus estudios con el trabajo antes del comienzo de la crisis, experimentaron el cierre de las escuelas. Sin embargo, no todos pudieron hacer la transición al aprendizaje en línea y a distancia. En efecto, la pandemia de la COVID-19 dejó el 13 por ciento sin acceso a los cursos, a la enseñanza o a la formación. Esta situación fue particularmente crítica entre las y los jóvenes que viven en países de bajos ingresos. Asimismo, puso de relieve las enormes brechas digitales que existen entre las regiones.

A pesar de los grandes esfuerzos de las escuelas y las instituciones de formación para asegurar la continuidad a través del aprendizaje en línea, el 65 por ciento de las y los jóvenes indicaron que aprendieron menos desde el inicio de la pandemia. Más de la mitad consideró que su educación sufrirá retrasos y el 9 por ciento expresó que se verá menoscabada e incluso fracasará.

La pandemia también está teniendo graves repercusiones en los trabajadores jóvenes, al acabar con sus empleos y socavar sus perspectivas profesionales: 1 de cada 6 jóvenes que estaban trabajando antes del inicio de la pandemia dejaron de hacerlo completamente, en especial quienes tienen entre 18 y 24 años y quienes se empleaban en prestación de apoyo administrativo, servicios, ventas, artesanía y oficios relacionados. Las horas de trabajo de las y los jóvenes empleados disminuyeron casi una cuarta parte (un promedio de dos horas al día) y 2 de cada 5 vieron sus ingresos reducidos. Esta circunstancia se intensifica para quienes viven en países de ingresos más bajos, que sufren una mayor exposición a las reducciones de las horas de trabajo y a la contracción de los ingresos.

El estudio de la OIT y CEPAL reveló también que el 17 por ciento de las y los jóvenes probablemente sufran ansiedad y depresión. Los jóvenes cuya educación o trabajo se había interrumpido o había cesado totalmente tenían casi dos veces más probabilidades de sufrir probablemente ansiedad o depresión que los que continuaron trabajando o aquellos cuya educación siguió su curso. Esto pone en evidencia los vínculos existentes entre el bienestar mental, el éxito educativo y la integración en el mercado de trabajo.

La crisis mundial del empleo juvenil se agrava cada vez más y marca a las nuevas generaciones con obstáculos y desafíos particulares. Como parte de su mandato, la OIT busca promover la inclusión de las personas jóvenes en trayectorias de trabajo decente, un objetivo que se traducirá en mayor bienestar, actual y futuro, para todo el conjunto de la sociedad.



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¿Qué significa vivir la informalidad, la precarización y la desigualdad?

El trabajo informal en Argentina es moneda corriente hace muchísimos años. Para una gran masa de trabajadores y trabajadoras hablar de derechos laborales y seguridad social se torna cada vez más lejano. En un contexto en el hay más de 1,4 millones de desocupados/as en los aglomerados urbanos, es decir que un 11% de la población activa está buscando trabajo y no lo consigue, ¿quién va a exigir que se cumplan sus derechos?

En el último informe del INDEC se desvelaba que el 42% de las personas que viven en argentina son pobres, es decir que hay más de 19 millones de historias detrás de ese número sorprendente pero frío. Son millones las personas que aceptan trabajos precarios, que viven de changas y la reman, como siempre. Una de esas historias es la de Teresa Torrico, una mujer de 58 años que vivió la desigualdad desde muy chica pero que hoy ya no llora al recordar su pasado y se anima a contar su vida con el pecho inflado.

Tere es hija de padres bolivianos, nació en Jujuy y llegó junto a su familia a Buenos Aires en la década del 70. Como a tantas otras personas, les prometieron buenos trabajos y sueldos pero lejos de eso estaba la realidad. Llegaron a la anteriormente llamada Villa 1.11.14, su padre terminó haciendo changas como albañil, su madre trabajando como planchadora en una casa de tejido y Tere en una escuela en la que sufrió años de discriminación y bullying. “Es difícil ser migrante de otro país y de otras provincias”, dice Tere y refleja en su historia una situación que se repite: “Las personas migrantes acceden en muchos casos a trabajos informales, precarizados y mal pagos” como afirma Fernanda Vicario, referente de la Comisión Argentina para Refugiados y Migrantes.

Años después de la llegada de Tere a Buenos Aires, su padre falleció en un accidente laboral y por eso, ella tenía que quedarse sola en su casa mientras su madre trabajaba. Cuando “se empezó a decir que en el barrio andaban violando a las niñas” comenzó a pasar todo el tiempo que se encontraba fuera de la escuela en el trabajo de su mamá y “el coreano”, el jefe, no tardó en poner a trabajar a esa niña de 11 años. “A los 13 era la mejor devanadora de todo el barrio Rivadavia”, dice Tere sobre sus inicios en el mundo textil, una industria que muchas veces es un sinónimo de la precarización laboral ya que el 78% de sus trabajadores y trabajadoras están en condiciones de informalidad según la Cámara Industrial Argentina y de Indumentaria (CIAI). Es una industria que emplea a quienes se ven obligados/as a realizar formas vulnerables e inseguras de trabajo por necesidad económica y muchas son mujeres, quienes representan el 81% del sector según el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social.

A sus 14 años, Tere ya estaba al frente de las huelgas que tenían que hacer para recibir su sueldo y al poquito tiempo comenzó su recorrido por las fábricas. “En el Ministerio de Trabajo me conseguían empleos de tres meses, como empaquetadora en la cinta y cortando hilos. Luego ya con mi primera hija, comencé a trabajar en limpieza, como vendedora ambulante de ropa, en locales, en bares, en confiterías. Era madre sola y me tenía que hacer cargo de mi hija trabajando de lo que podía”, como el 56% de las jefas del hogar que junto a sus familias están bajo la línea de pobreza según INDEC.

En la década del 90 tuvo que salir a buscar trabajo tocando puertas “Hola, ¿qué tal? ¿Sabés si están buscando a alguién?” decía en cada casa hasta llegar a un laboratorio donde la contrataron para vigilancia. Su jefe tenía la costumbre de tirarle las cenizas en su pollera porque “era muy provocativa”, ella lo acusó y la terminaron echando. Volvió a buscar trabajo, consiguió uno de 12 horas en vigilancia pero renunció cuando sus hijas tuvieron problemas de salud, “la culpa era mía por trabajar muchas horas según la psicóloga”. Cuando volvió a buscar empleo, en vigilancia se buscaban chicas jóvenes, altas y con “buena presencia”, así que empezó a trabajar en fumigación donde se quedó durante diez años hasta que llegó el 2001. “En esa época viví del trueque durante ocho meses y después otra vez a trabajar en limpieza”, al igual que 14% de las mujeres ocupadas en la actualidad que solo pueden acceder al trabajo doméstico, un sector con una tasa de feminidad de 97.9% y otro los focos donde se concentra la informalidad. Los informes de Economía Femini(s)ta basados en la EPH muestran que aproximadamente el 60% de ellas no percibe descuento jubilatorio, vacaciones pagas, aguinaldo, días pagos por enfermedad ni obra social.

Tere no se quedó ahí, trabajó también en la CGP, en el Programa Jefas y Jefes de Hogar, pero tuvo que renunciar porque su marido le pidió que dejara su empleo para dedicarle tiempo a sus hijos y al resto de las tareas del hogar. Es importante destacar que el 72% de las personas que se ocupan de las tareas domésticas son mujeres. Luego de un tiempo, Tere tuvo que vender su casa y se puso un kiosco que funcionó por unos años, “los chicos dicen que éramos millonarios en esa época, pero duró poco y hoy sigo teniendo mercadería”.

En 2015 Tere llegó a Fundación Mediapila para comenzar una capacitación en costura y encontró mucho más que eso: “me cambió la vida”, dice. Descubrió una red de mujeres en la que todas se sostienen mutuamente. Se egresó del curso y en 2018 volvió a la industria textil, pero ya no quería trabajar para los jefes de fábricas, quería crear su propio emprendimiento de ropa de bebé, “Creaciones de Ensueño”. Se incorporó al Programa de Emprendedoras de la fundación, recibió mentorías y actualmente vende online sus productos.

Hoy tiene un trabajo que la hace muy feliz, pero la llegada de la pandemia no fue nada fácil para ella: “es difícil conseguir las telas, los costos aumentaron mucho, la gente compra más por internet”. Sin embargo, Tere sigue dándole para adelante, ya realizó una Diplomatura en Economía Social y Solidaria en la Universidad de Quilmes y está terminando el secundario para poder realizar la tecnicatura de esa carrera.



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¿Quién hizo mi ropa?, La pregunta que puede cambiar la industria textil

Preguntarnos quién hizo nuestra ropa es esencial para entender cómo funciona la industria de la moda. En el pasado, la confección textil era una tarea puramente artesanal: cada prenda reflejaba el arduo trabajo de su artífice y estaba cargada de simbología. Sin embargo, luego de la revolución industrial —que, dicho sea de paso, comenzó con la creación del telar mecánico—, el sector de la moda fue creciendo de manera desproporcionada y se convirtió en la inmensa industria que es hoy. No es coincidencia que en ese momento pivotal se haya producido un traspaso de poder, en el cual la mayoría de los roles de liderazgo fueron tomados por figuras masculinas (Julie de Libran, 2016).

Este cambio no solo afectó a las mujeres que estaban al mando, sino que también perjudicó enormemente a la naturaleza. Pareciera que desde ese entonces, como sociedad, nos cuesta ver que los derechos humanos y de la naturaleza están interconectados y son interdependientes. La realidad es que somos parte de la naturaleza y, como tal, nuestro derecho a un ambiente saludable depende de la salud de nuestro planeta. Es por eso que necesitamos un cambio revolucionario en nuestras relaciones con los demás, con la ropa, dentro de las cadenas de suministro de moda y con la naturaleza. Lo necesitamos por nuestra propia prosperidad y bienestar, por la salud de la tierra, los ríos y los océanos.

Los problemas de la moda están interconectados

Por lo general, no existen problemas aislados. Cada problemática es la sumatoria de diversos factores, y la industria de la moda no es la excepción.

  • Producción y consumo poco responsable. Muchos consumidores tienen hábitos poco sostenibles en cuanto a la moda: compran barato, usan poco, desechan mucho. Pero la culpa no es solo suya, sino que es necesario que se produzca un cambio sistémico de parte de la industria y los gobiernos, que los mismos trabajen juntos para abolir la desigualdad y la explotación. ¡Pero a no quedarse de brazos cruzados! Nuestro trabajo es impulsar ese cambio: debemos rever nuestros propios comportamientos y alzar nuestras voces para cuestionar las malas prácticas de las marcas y para exigir nuevas leyes.
  • Sobreproducción y trabajo no digno. La industria de la moda debe reducir la producción para aminorar su impacto medioambiental. A menudo se piensa que el cuidado de la naturaleza va en contra de la necesidad de conservar los millones de puestos de trabajo de la cadena de suministro, pero en realidad producir menos y mejorar las condiciones laborales de la industria son soluciones altamente compatibles.
  • Desigualdad social y explotación laboral. La industria de la moda actual es elitista y explotadora; ya que no respeta a todos por igual: desvaloriza las voces de los grupos minoritarios, a las mujeres y las perspectivas no occidentales. Para cambiar esto, es necesario reevaluar la distribución de la riqueza en las cadenas de suministro y velar por que se representen a todos sus miembros al momento de tomar decisiones.

En la situación de precarización laboral actual, los que pagan el precio son quienes cultivan la materia prima, quienes hilan, tiñen, cortan, cosen, y temporada a temporada pierden la vida en una fábrica. Según un informe de la ETI (2016), el 77% de las empresas textiles afirman que es posible que haya esclavitud moderna en sus cadenas de suministro. Esto incluye trata de personas, esclavitud, servidumbre forzada, explotación laboral; y se estima que más de 40 millones de personas en todo el mundo se encuentran bajo estas condiciones.

Asimismo, vale la pena aclarar que alrededor del 80% de la mano de obra textil son mujeres. Los hombres suelen ser supervisores, gerentes, o dueños; lo cual en muchos casos lleva a que los mismos abusen de su poder. Esto se manifiesta de muchas maneras distintas: explotación laboral e infantil, trata de personas, acoso, abuso sexual, violencia física y psicológica. Una investigación del Solidarity Center (2019a) ha documentado reportes de abuso sexual y violencia hacia las trabajadoras de Camboya e Indonesia. A estas mujeres las tocan sin su consentimiento, las insultan, las violan y las abusan, incluso si están embarazadas.

Es desesperante que haya pocas leyes que velen por los derechos humanos de estas mujeres, o bien que haya pero no se cumplan. Un claro ejemplo es la Convención nº 190 y la recomendación nº 026 de la Organización Internacional del Trabajo. Esta ley, que fue adoptada el 21 de junio de 2019, busca proteger los derechos de las mujeres trabajadoras y de los demás trabajadores en situaciones de vulnerabilidad. Sin embargo, solo aplica a países que hayan ratificado la Convención, que son solo unos pocos (Solidarity Center, 2019b). Es precisamente este tipo de leyes las que necesitamos exigirle a los gobiernos que adopten. No podemos contentarnos con el mero hecho de que la industria emplee a mujeres. Eso no es símbolo de progreso ni de igualdad, no si se dejan de lado sus derechos.

Tenemos que tener muy presente que la industria de la moda no solo se trata lo que pasa antes de que veamos la prenda terminada en un local. La industria somos quienes consumimos, cuidamos, lavamos, reciclamos y elegimos nuestras prendas. Exigirle a las marcas algo tan básico como que nadie sufra ni muera para fabricar lo que nos venden es responsabilidad nuestra.

El reto es el siguiente:

  • La industria mundial de la moda se basa en la explotación de los recursos naturales y de las personas que trabajan en la cadena de suministro.
  • El modelo de negocio imperante se centra en la producción de una cantidad de ropa exponencialmente superior a la que las personas necesitan, y luego se procede a manipularlas para que consuman estos productos a un ritmo cada vez más rápido. Esto es particularmente evidente en el Sur Global, donde el 38 por ciento de la ropa fabricada es para la importación europea en lo que se ha denominado una “cadena impulsada por el comprador”.
  • Las injusticias son endémicas porque las cadenas de suministro son complejas, fragmentadas y poco transparentes, y porque algunas personas tienen un inmenso poder mientras que otras tienen muy poco. En última instancia, se premia el crecimiento y el rédito económico por encima de todo lo demás.

La revolución es ahora

En este punto, es evidente que necesitamos un cambio urgente. La industria de la moda tiene un potencial enorme para educar a su gente, para ayudarla a salir de la pobreza, para ofrecerles trabajo digno a las miles de personas que por distintas razones se ven excluidas de otros ámbitos.

La pandemia del COVID-19 nos hizo más fuertes. Está llevando a cada vez más personas a reevaluar sus prioridades, a cuestionarse qué es significativo en sus vidas. Se comenzaron a repensar los valores, la esencia del sistema de la moda, nuestras relaciones con la ropa. Es momento de que las marcas hagan lo mismo. Competir es cosa del pasado: hemos comprobado que la única manera de resolver las problemáticas de la industria es cooperar. Buscamos que las marcas cooperen entre sí, con sus proveedores, con su clientela. Necesitamos que la sociedad, la industria y los gobiernos trabajen juntos para velar por los derechos humanos y los derechos de la naturaleza; garantizar su cumplimiento debe ser prioritario. La colaboración y el apoyo mutuo son esenciales, porque nuestras voces son más poderosas cuando todos trabajamos en conjunto.

Por eso y mucho más, en esta Semana de la Revolución de la Moda (del 19 al 25 de abril), vamos a unir a las personas de toda nuestra comunidad, vamos a amplificar las voces de quienes no son escuchados y vamos a buscar soluciones innovadoras para las problemáticas actuales. ¿El eje central de nuestro año? Derechos, Relaciones y Revolución. Sé parte de la Revolución de la Moda.

Durante toda la semana de Fashion Revolution Argentina, tenemos preparadas para vos un sin fin de actividades y propuestas (Grilla de Actividades) te invitamos especialmente junto a Festivales IMD, a que veas la pelicula Talleres clandestinos, de Catalina Molina desde la plataforma https://www.imd-stream.org/film/talleres/

Fashion Revolution es una ONG, fundada por Carry Somers y Orsola de Castro en UK, surge como un llamado a la acción luego del colapso del edificio conocido como Rana Plaza, se produjo el 24 de abril de 2013 cuando el bloque de ocho pisos se derrumbó en Savar, un distrito de Daca, capital de Bangladés. Murieron 1134 trabajadoras y trabajadores​​ y otras 2437 resultaron heridas. Fashion Revolution es un movimiento global sin fines de lucro con equipos en más de 100 países de todo el mundo. Fashion Revolution realiza campañas para la reforma sistémica de la industria de la moda con un enfoque en la necesidad de una mayor transparencia en la cadena de suministro de la moda.



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Cuestionar para transformar la sociedad racista, capitalista y patriarcal

Este 21 de marzo Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial nos preguntamos de que modo impacta en la vida de las mujeres, niñas, niños y disidencias sexuales padecer el racismo y ser parte de grupo poblacional que se ve mayormente afectado por la crisis social, producto de la pandemia, por la precarización laboral, por la violencia de género, la responsabilidad del cuidado y de las tareas domésticas.

El racismo, la pobreza, la falta de oportunidades y la violencia son elementos que no van por separado, sino que se entrecruzan y además se potencian. En el caso de las mujeres podemos ver la mayor expresión de esta devastadora desigualdad propia de esta sociedad capitalista, racista y patriarcal que estan marcados por el odio, la violencia y la desigualdad.

El 21 de marzo es el día internacional de la eliminación de la discriminación racial, declarado por la Asamblea General de la Naciones Unidas. El día conmemora la masacre de 69 personas que se manifestaban en Sharpeville, Sudáfrica contra la ley de pases del Apartheid que imponía restricciones a la circulación de personas no blancas. El apartheid fue eliminado gracias a la lucha de numerosas personas que lucharon contra la discriminación racial. Sin embargo, para que este sistema se haya sostenido fue fundamental la existencia de una estructura ideológica, política y material que aún persiste y de la que es necesario hablar para entender cómo impacta en la vida de las personas.

El racismo tiene un sustento ideológico; la supremacía blanca que considera que hay personas mejores, más deseables y aceptables que otras. Se fundamenta en la falsa afirmación de que hay razas y las confunden con las etnias o las características fenotípicas de las personas. La raza humana es sólo una, somos la especie humana. Lo que podemos afirmar es que existen procesos de racialización; son construcciones sociales que ubican a las personas en lugares tanto simbólicos como materiales de exclusión y marginación.

Un proceso fundamental para la construcción social de la racialización es el avance del imperialismo colonial sobre territorios que les eran desconocidos; que no dudaron en llamarse así mismos como descubridores de tierras y personas incivilizadas y salvajes.

La idea de una raza superior y de una supremacía blanca occidental se instala e impone credos, la lengua castellana, francesa o inglesa, el modo vincularse con la naturaleza y el ejercicio de la heterosexualidad. Esta supremacía tiene una imagen masculina. El poder es representado directamente por un hombre, blanco, con dinero, cristiano y heterosexual. En este ordenamiento jerárquico, todo lo opuesto al supremo masculino, en el último escalón quedan las mujeres, las niñas y niños y toda disidencia sexual, por supuesto, no racializada blanca. En la actualidad la lucha contra el racismo no debe enfrentarse a leyes como el apartheid. Hoy las leyes van dirigidas hacia otros objetivos pero sus sesgos denotan racismo. Hay numerosos ejemplos en el mundo, los que a su vez se suelen entremezclar con prácticas xenófobas.

En Argentina recientemente se derogó el DNU que pretendía deportar a migrantes por sospecha de delito de forma inmediata y sin juicio previo. El objetivo de atacar el delito, finalmente resultó ser un elemento de expulsión a migrantes fundamentalmente de países como Bolivia o Perú. El caso de una mujer peruana que fue expulsada, de forma violenta acusada de un delito menor. No se consideró que tenía hijos de nacionalidad argentina a su cargo, que era una trabajadora, que había estudiado enfermería.

La injusticia que padeció Reina Maraz Bejarano al ser juzgada por un delito en el cual no pudo defenderse porque no hablaba castellano, sino su lengua madre el quechua.

Leyes migratorias que permiten el ingreso de determinadas nacionalidades y de otras no. En cuanto al acceso educativo y laboral no es muy complejo identificar la segregación racial que existe para determinados trabajos o quienes acceden a mayores niveles educativos. Cada lugar en la sociedad está habitada según las características étnicas y/o fenotípicas de las personas.

No hay empresarios marrones, indígenas y/o ascendencia originaria. En oposición ocurre lo contrario en las cárceles, villas o asentamientos, en el empleo precarizado.

¿Acaso hay personas con mayor tendencia a delinquir? ¿O con más tendencia a estudiar o trabajar de forma precarizada?

¿De dónde son las mujeres que realizan el trabajo doméstico en casas particulares? ¿Y por qué siempre son representadas de la misma forma: pobres, marrones, con ascendencia índigena, migrante, callada, algo tristes? Es el estigma que cargan las personas que no son la imagen de la supremacía blanca. No son consideradas nunca en lugares que no sean los asignados. Sin dudas en este ordenamiento son las identidades feminizadas las que cargan con las mayores dificultades y las que llevan sobre sus cuerpos las mayores violencias que se intersectan con su pertenencia étnica, su estatus económico y con su género.

Cuando las personas no blancas ascienden socialmente, cuentan con una formación profesional, se muestran referentes en ámbitos como el arte, el cine, la poesía y la política. Sí ocupan esos lugares son cuestionadas, son puestas en duda y se convierten en objeto de sospecha. El hecho, al parecer, es que esos lugares no son los merecidos para personas que no pertenecen a la hegemonía y por ello no deben ser parte de los privilegios de la blanquitud.

La lucha contra el racismo es contra la violencia sobre los cuerpos no hegemónicos, los cuerpos precarizados, marginados, los no deseables. Es una lucha por los derechos y la igualdad. El impacto del racismo en la vida de las personas debe leerse en clave histórica, por sobre todo en el avance colonial que consolidó la dominación de las naciones blancas sobre personas de etnias originarias, sobre cuerpos indígenas, marrones o afros. El racismo consiste en perpetuar este orden, donde se supone la existencia de una superioridad por pertenecer a un grupo poblacional, con derecho a avanzar y arrasar territorios. El racismo es el ejercicio del poder a nivel estructural y que responde a intereses políticos y económicos. Un mecanismo que no puede ir separado del ni del capitalismo, ni del patriarcado para ser entendido y asi posible de cuestionar y también transformar, para poder avanzar en una efectiva eliminación de la discriminación racial.





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Nuestra unión es un acto de rebeldía latente

Nos hacemos piecito. Crecemos juntas. Disfrutamos, nos movemos y pensamos en red. En el Mes de las Mujer(es), Fundación Mediapila nos invita a activar y unir fuerzas para crear mejores oportunidades para (y entre) todas.

Históricamente, juntas siempre fuimos más fuertes. Nuestra hermandad conlleva desde sus inicios la lucha pujante por vivir unidas y libres. Desde las pioneras en el reclamo por el derecho a la educación, el primer Congreso Internacional Feminista, los Encuentros Nacionales de Mujeres que crecen año tras año, al “Mirá como nos ponemos” y al grito actual del Ni Una Menos, todas las conquistas de las mujeres tuvieron un factor común: la unión de voces diversas, expectantes por una sociedad más justa.

Pero hoy, ¿cómo nos unimos unas a otras? ¿Podemos decir que es más fácil que antes? Como siempre, tenemos pros y contras propios de nuestro tiempo. Por un lado, a medida que pasa la tecnología avanza, el movimiento por nuestros derechos crece, y las palabras a su alrededor cobran nuevos significados. Entonces, las alianzas entre mujeres parecen condicionarse cada vez más por si una se siente parte de la lucha, o si esta misma la “representa”.

A su vez, nuestras redes tampoco nacen de un repollo. Se eligen, trabajan y mutan en el tiempo. Como dice Marou Rivero, “La hermandad es poderosa y se construye concienzudamente cuando se elige escuchar y apoyar a otras que vienen de otras familias, de otros pueblos y ciudades, de otras religiones, de otras preferencias sexuales.”

La buena noticia es que, aunque unirnos sea una decisión, también es quizás, nuestra costumbre más valiosa. En un mundo que todavía nos inculca la individualidad a cualquier costo, nuestra unión es un acto de rebeldía latente. Y un desafío constante. Vivir en red implica animarse a abrazar la diversidad y la vulnerabilidad, propia y ajena. Hoy, unirnos implica evitar a toda costa el estereotipo. Nos obliga a predisponer una escucha y una respuesta empática, guiada por el cariño, que nos obligue a salir del simple “yo haría” o el “a mi me parece que”. Y, aunque a veces suene y se sienta difícil, todas nacemos con esa costumbre dormida.

Porque, ¿quién no conoce un lugar, una mujer, que nos haya ayudado a despertarla? ¿Alguien que se esfuerce todos los días para que los derechos de unas sean de todas? Mediapila es ese lugar para mí, y para las mujeres que lo visitan. La unidad puede vivirse en cada uno de sus rincones: desde los abrazos en la puerta, las meriendas compartidas en el salón común y las risas de la oficina, hasta el sonido de las máquinas funcionando a la par y el eco de los consejos de las profes en el taller. Desde que lo conocí, sentí una atmósfera de cuidado mutuo, de resiliencia, empatía y sobre todo de ganas, muchas ganas, de crecer en red.

Por eso, qué mejor oportunidad que este Mes de las Mujer(es), para apoyarnos, entre hermanas, amigas, compañeras, abuelas, madres e hijas. Qué mejor chance para hacernos piecito hacia nuestros sueños. Y quién dice, ayudar a que más mujeres impulsen, unidas, un mundo mejor para todas.



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